Los buenos terminan felices; los malos, desgraciados. Eso es la ficción.
Las personas felices no tienen historia.
El hombre feliz es más raro que un cuervo blanco.
Existen dos maneras de ser feliz en esta vida, una es hacerse el idiota y la otra serlo.
Si el dinero no te da la felicidad devuélvelo.
Buscamos la felicidad, pero sin saber dónde, como los borrachos buscan su casa, sabiendo que tienen una.
La felicidad es interior, no exterior; por lo tanto, no depende de lo que tenemos, sino de lo que somos.
Algún día en cualquier parte, en cualquier lugar
indefectiblemente te encontrarás a ti mismo, y ésa, sólo ésa, puede ser
la más feliz o la más amarga de tus horas.
La felicidad humana generalmente no se logra con grandes
golpes de suerte, que pueden ocurrir pocas veces, sino con pequeñas
cosas que ocurren todos los días.
No debemos perder la fe en la humanidad que es como el océano: no se ensucia porque algunas de sus gotas estén sucias.
El fruto del silencio es la oración. El fruto de la
oración es la fe. El fruto de la fe es el amor. El fruto del amor es el
servicio. El fruto del servicio es la paz.
Nada se olvida más despacio que una ofensa; y nada más rápido que un favor.
La fantasía, aislada de la razón, sólo produce monstruos
imposibles. Unida a ella, en cambio, es la madre del arte y fuente de
sus deseos.
Un fanático es alguien que no puede cambiar de opinión y no quiere cambiar de tema.
A la gloria de los más famosos se adscribe siempre algo de la miopía de los admiradores.
El hombre famoso tiene la amargura de llevar el pecho frío y traspasado por linternas sordas que dirigen sobre ellos otros.
La fama es un trozo de nada que el artista agarra al vuelo sin saber por qué.
Algunas personas son tan falsas que ya no son conscientes de que piensan justamente lo contrario de lo que dicen.